¿Cuánto vale realmente lo que hacemos?
Lo que cuesta hacer algo bonito.
Si eres como yo y te encantan las cosas bonitas (y si no, también 😜), seguramente alguna vez, al entrar en una tienda, ya sea física u online, has visto algún producto y has pensado:
«¡Vaya, qué caro es esto!»
Y es normal. Estamos acostumbrados a la inmediatez: a tenerlo todo rápido, fácil y, muchas veces, barato.
Creo que determinadas plataformas han cambiado muchísimo nuestra forma de comprar. Nos ofrecen prácticamente de todo, perfectamente presentado, en muy poco tiempo y a precios que, muchas veces, parecen imposibles. Y claro, esto también hace que el modelo de negocio cambie y nos obliga al resto a intentar ajustar nuestros precios para tener una mínima oportunidad.
Pero… ¿qué ocurre cuando ajustamos tanto que nuestro emprendimiento deja de ser rentable? Y, además, ¿qué pasa cuando empiezas a sentirte mal por ponerle precio a tu propio trabajo?
En mi caso, me pasa. Cuando llega el momento de poner precio a algo, muchas veces pienso:
«Seguro que van a pensar que esto es caro…»
Como si no tuviéramos ya suficientes cosas en las que pensar para que todo salga bien: elegir materiales, diseñar, producir, preparar los pedidos, hacer fotos, gestionar redes, contestar mensajes, empaquetar, atender al cliente… y un largo etcétera.
Pongamos un ejemplo práctico. Imaginemos que queremos que nuestro pequeño negocio sea rentable. No hablamos de hacernos ricos, simplemente de conseguir que, después de cubrir todos los gastos, quede un pequeño margen de beneficio.
Para calcular el precio real de un producto deberíamos tener en cuenta mucho más que el material: madera, vinilo, acrílico, electricidad, desgaste de las máquinas, embalaje, herramientas, errores, pruebas… y, por supuesto, nuestro tiempo.
Y aquí es donde muchas veces hacemos trampas.
Porque nuestro tiempo también vale.
Pongamos como ejemplo uno de los carteles de madera que tengo en la web. Entre materiales y todos esos pequeños gastos que no siempre tenemos presentes, el coste puede rondar los 15, 18 o 19 €. Sin embargo, si queremos que el producto sea mínimamente rentable, el precio de venta recomendado podría estar alrededor de los 29,90 €.
Y entonces aparece esa vocecita:
«¿29,90 € por un cartel? Seguro que la gente piensa que es carísimo.»
Pero… ¿lo es realmente?
Detrás de ese cartel no hay solamente un trozo de madera.
Hay un diseño. Hay tiempo. Hay pruebas. Hay una máquina que cuesta dinero y que se desgasta. Hay electricidad. Hay materiales. Hay preparación. Hay errores. Hay aprendizaje. Hay empaquetado. Hay gestión. Y, sobre todo, hay una persona detrás dedicando su tiempo y su ilusión a crear algo que no vas a encontrar exactamente igual en cualquier sitio.
Lo artesanal también tiene un valor.
Creo que muchas veces no valoramos el tiempo que hay detrás de las cosas hechas a mano.
Queremos que estén hechas con cariño, que sean bonitas, que estén prácticamente perfectas y, si puede ser, que además sean económicas.
Y yo soy la primera que lo entiende, porque también soy consumidora.
Pero si eres de los míos y haces esto porque te encanta, porque empezó como un hobby y poco a poco se convirtió en un pequeño emprendimiento, puedes acabar cayendo en una trampa: autosecuestrarte.
Te dices que no puedes cobrar más porque «la gente no lo pagará». Bajas el precio. Trabajas más horas. Ganas menos. Y al final puedes llegar a sentir que trabajas muchísimo para que los números simplemente… no salgan.
Y entonces aparecen dos opciones: o subes tus precios y confías en el valor de lo que haces, o terminas haciendo algo que te apasiona pero que no resulta sostenible.
Quizás deberíamos mirar las cosas de otra manera.
La próxima vez que veamos un producto artesanal y pensemos «¡qué caro!», quizá podríamos pararnos un segundo.
Preguntarnos cuánto tardaríamos nosotros en hacerlo. Qué materiales necesitaríamos. Qué herramientas utilizaríamos. Cuántas pruebas habría que hacer. Cuánto cuesta mantener esas herramientas. Y, sobre todo, cuánto valoraríamos nuestra propia hora de trabajo.
Porque detrás de un precio no siempre hay únicamente un producto.
A veces hay horas de trabajo, ilusión, creatividad, aprendizaje y una persona intentando sacar adelante su pequeño sueño.
Así que, desde mi pequeña guarida, me quedo con una idea:
No tenemos que dejar de valorar lo bonito porque tenga un precio. Tenemos que empezar a entender todo lo que hay detrás de ese precio.
Y a quienes emprendemos y hacemos cosas a mano, quizá también nos toca aprender algo importante: no sentirnos culpables por cobrar lo que realmente vale nuestro trabajo.
Porque si queremos seguir creando cosas bonitas, también tenemos que permitirnos que nuestro proyecto sea sostenible.
Crear con amor está muy bien. Pero poder seguir haciéndolo también. ❤️
Marta 🦄💫